(Semana Santa 2014)

Jueves 10 abril. (Partimos)

Día espléndido en el que luce un sol espectacular y formulo mi deseo:  que esto sea premonitorio, aunque doy por hecho que nos lloverá.

Avanzamos sin dificultad por la  A-6 rumbo a Astorga, donde tenemos pensado pasar la noche.
Estrenamos nuestro navegador, con un pantallón que duplica el tamaño del anterior. Y es que los años no pasan en balde. Lo he puesto con unas gomas sujeto al espejo retrovisor. Estupendo lugar que además de no molestar, nos da una visibilidad muy buena a los dos. Gracias, una vez más, a nuestro maestro y amigo gepesero Jesus, sin el que no hubiera sido posible, porque yo....me rindo ya a la tecnología.

Llegamos alrededor de las 20,30h a Astorga. Solo hay una caravana en el area situada junto a la plaza de toros. La temperatura es ideal, estamos en manga corta. Estiramos las patitas, intercambiamos unas palabras con un sargento del puesto vecino del 112 y escuchamos el toque de la bajada de bandera de un cuartel cercano, uno de “cohetes” (artillería).

“Guasapeamos” con los chicos cuando rompe a llover.  Tormenta eléctrica y de agua, pero la temperatura sigue siendo buena. Cenamos y nos fuimos pronto a dormir bajo el sonido del repiqueteo del agua sobre la claraboya, sonido que siempre me resulta delicioso

Viernes 11 de abril. (Senda del Eo. Peñarronda, Serantes)

Noche tranquila y estupenda. Un precioso sol se abre paso tímidamente para lucirse luego sin vergüenza. Desayunamos frugalmente para poner rumbo a Vegadeo, nuestro primer destino de hoy. En  el puerto de Piedrafita nos saluda la niebla, que se cierra densa a nuestro alrededor para desaparecer o hacerse menos densa según nos acercamos al Norte. Pero no llueve. El campo esta hermoso pintado de diversas tonalidades de verde y salpicado por los colores de los árboles frutales que se han vestido de hojas y con los colores de las florecillas que agrupadas, pintan de colores blancos o amarillos pequeños pedazos de suelo rompiendo esta monotonía verdosa.


Y  llegamos a Vegadeo y allí ponemos rumbo a Louteiro (43º 24’ 48”N y 7º 9’ 3”O) para hacer la senda del río Eo. Ascendemos vertiginosamente por una estrecha carretera y una vez pasado Vegadeo, ésta se estrecha aún más cabiendo únicamente un solo vehículo. Sólo 800 m nos separan de nuestro destino, así que, aunque nos paramos dudando si continuar o no, decidimos seguir, y como casi siempre nos pasa, llegamos sin problemas a esta aldea, rodeada de vegetación y situada entre suaves lomas. Pero allí no encontramos donde poder dejar la autocaravana  así que nos vemos obligados a preguntar enviándonos un poco más adelante, por una carreterita más estrecha aún, hasta que desaparece para convertirse en una pista, el comienzo de la senda circular, donde podemos dejar la autocaravana en un apartadero.

El cielo está gris, aunque no amenaza lluvia, pero quien sabe, así que cada uno toma su paraguas y nos disponemos a hacer la pequeña senda que desciende hasta el río Eo  para luego ascender de nuevo hasta Mioi en una ruta circular que termina donde hemos comenzado.

Pero aunque el paseo es agradable, no nos resulta muy interesante, es más, parte del camino se realiza por carretera, la que une las aldeas  de Louteiro con Mioi y aunque no pasan muchos vehículos, no resulta tan agradable como pasear por caminos. Es una senda fácil, por una ancha pista, aunque  quizás es mejor empezarla en Mioi ya que así se evita hacer por carretera con la autocaravana el trayecto que une ambas aldeas  que es bastante estrecho. Mioi parece más grande y seguro que hay más sitio donde aparcar.

A las 13,30, un poco decepcionados, regresamos y ponemos rumbo a Castropol. He leído algo sobre una senda que une Castropol con Figueras de unos 8 km, pero son solo de ida, por lo que hay que contar con 16 kilómetros  totales. Demasiados, a lo que hay que añadir que la senda discurre al principio junto a la carretera, así que decidimos no hacerla y continuar hasta la  playa de Peñarronda, cerca de Tapia de Casariego catalogada como  Monumento Nacional. (43º 33’ 19.44”N; 6º 59’ 19.23”O).

Cuando llegamos están cortando la hierba de los aparcamientos. La playa se vislumbra al fondo. Es la hora de comer, así que decidimos primero alimentarnos para después acercamos a ella.

Y accedemos a través  de pasarelas de madera, dejando atrás una pequeña charca o lagunilla donde el croar de las ranas es incesante pudiéndolas ver con relativa  facilidad.

Y realmente la playa es bella. De arenas blancas, con un enorme peñasco redondo horadado en medio del agua y contra el que se estrellan suavemente las olas. Es grande, pero a la vez recogida y tranquila. No hay nadie. Un gran grupo de gaviotas permanecen tranquilamente sobre la arena tomando el sol. Esto embellece aun más la estampa que contemplamos. Recorremos la playa hasta el final, recogiendo algunas piedras que pueden valer para ser pintadas. Regresamos y pensamos que el lugar puede ser bueno para pasar la noche. Parece tranquilo, es plano y  muy hermoso.

Siguiendo los consejos de uno de los operarios que cortaba la hierba, nos dirigimos hacia el Oeste en busca de otra playa que dijo que era bonita. Dejamos atrás el camping de la playa y continuamos, pero después de varios kilómetros sin encontrar nada pensamos que nos habíamos equivocado así que tomamos una desviación que indicaba la playa de Arnau  aunque terminamos circulando por una pista que nos llevó de nuevo a la playa de Peñarronda, pero esta vez tuvimos la perspectiva desde la parte superior con esta hermosa playa a nuestros pies. Se extiende grande, con sus formas redondeadas y el color blanco de sus arenas contrastando con el azul intenso del mar. Realmente por verla desde aquí merece la pena, pero curiosamente el camino termina en el camping, así que se puede disfrutar de esta vista de la playa si desde el camping se continúa subiendo.

Y ahora ponemos ya rumbo a Tapia de Casariego pero nos desviamos hacia Santa Gadea. La carretera termina en un acantilado desde el que se tiene otra bonita vista de la playa. Buen sitio para dormir, si no encontramos otro mejor. Una carretera cerrada al tráfico baja hasta la playa.

Continuamos hacia Tapia de Casariego dejando atrás la playa de Serantes, de la que había leído que era “salvaje y nudista”. En Tapia de Casariego (43º 34’ 00”N;6º 56’ 47”O) hay un area para 15 autocaravanas a unos 100 m de la playa. Es un lugar muy agradable y hay estacionadas una media docena, todas francesas y una sueca. Pero desde aquí no vemos el mar, así que, picados un poco por la curiosidad del calificativo de “salvaje” de la playa de Serantes, ponemos rumbo allí con idea primero de verla para continuar hasta la playa del concejo de El Franco ( la de Promenade).

Pero cuando después de una estrecha pero fácil carretera, terminamos en la playa de Serantes...ésta nos seduce: pequeña, tranquila, protegida y de arenas doradas. El aparcamiento está arriba y una pequeña rampa da acceso a la playa. Desde aquí las vistas son espléndidas y estamos solos así que aunque solo son las 17,30h decidimos quedarnos a pasar la noche y a recibir aquí el nuevo día.

Nos damos un delicioso paseo arropados por un viento fresco. Regresamos con un par de sillas que pusimos pegadas a la pared, para protegernos del aire y allí estuvimos un buen rato disfrutando del mar, de su monótono sonido, de la paz y del trabajo de una pequeña ave que frente a nosotros hizo varios picados  para obtener su merienda o su cena. Vaya....nos parecía ser espectadores de un capítulo de un documental de la 2, solo que esta vez era en directo.
Algunas personas se habían acercado a la playa a pasear, pero ahora, cayendo ya la noche a las 20,45h, no hay nadie y la tranquilidad es absoluta. Al fondo cerca del agua, se agolpa un grupo de gaviotas sobre la arena. De frente unas  cañas son mecidas suavemente por el viento y al fondo el mar se agita...parecen moverse al ritmo de la música que escuchamos y su color, que se esta volviendo ya gris por la ausencia de la luz, es roto por el blanco del reventar de las olas....
Una delicia. Disfruto de un sencillo lujo que me produce una gran paz y serenidad. Los nubarrones grises que amenazaban lluvia se han ido disolviendo, aunque  quedan restos. He  consultado el tiempo y parece que va a ser bueno....hasta el martes en que  parecen volver las lluvias....

Disfrutamos del momento....que realmente es delicioso. Sinceramente, ahora....no puedo pedir más.

Sábado 12 de abril ( Porcia, Pormenande, Viavelez, Arnielles)

A las 22,30 estábamos ya en la cama. Noche más que estupenda exceptuando que a las 00,30 me ha despertado Angel porque tenía un fuerte calambre en una pierna. Afortunadamente se le ha pasado rápido.

La mañana se muestra nublada, pero no amenaza lluvia. La playa está llena de gaviotas posadas en la arena y parece que durante la noche ha habido pleamar. Tomamos unas tostadas con café y bajamos a la playa. Angel se empeña en intentar salvar la desembocadura de un pequeño arroyo para pasear por toda ella  y lo hacemos trepando por un grupo de rocas que tiene unas tremendas aristas. Si nos caemos, nos hacemos polvo, así que después de decirle que no merece la pena y que lo mejor es descalzarnos y mojarnos los pies, así lo hacemos y me lanzo la primera.

Pero me hundo en la arena y en un momento determinado hasta la rodilla. La sensación es muy extraña y realmente me asusto. No sé qué va a pasar cuando apoye el otro pie para intentar salir; pero lo hago liberándome. Me enfado mucho conmigo misma y decidimos regresar pero afortunadamente a mi los enfados se me pasan pronto. Soy como las cerillas, y me aventuro de nuevo metiendo mis pies en el agua del arroyo, que realmente esta fría, -casi me quedo sin pies-. Y lo conseguimos.

Paseamos ahora dejando el mar a nuestra derecha y vamos descubriendo una hermosa playa con rocas, paredes verticales, aguas transparentes y al fondo lo que parece ser Tapia de Casariego con el cielo claro sobre ella que  contrasta con las nubes grisáceas más cercanas a la costa. 


Estamos completamente solos, vamos marcando nuestras huellas sobre la arena, por la que se anda muy bien, sin hundirnos. Estamos embelesados, absorbidos...Llegamos a una pequeña pared de piedras y como hemos dejado nuestras playeras atrás, pensamos que nuestro paseo ha llegado a su fin, pero no nos resulta difícil salvarla y acceder al otro lado por el que continuamos un poco más.

Impresionantes paredes de roca y arriba una nube de gaviotas. Tengo que reconocer que Angel tenía toda la razón y gracias a su curiosidad estamos disfrutando de una belleza inusitada, y más aun por la completa y absoluta soledad. Tan solo descubrimos las huellas de alguien que ha paseado con un enorme perro, pero ha debido de acceder por otro lado. Hace fresco y me quejo del frío que tengo en los pies a lo que Angel responde: “¿Qué pies?”.  Y me entra un ataque de risa que rompe el silencio que nos rodea.

Recogemos algunas piedras para pintar en algunos rincones donde se acumulan, y regresamos. De nuevo las gaviotas se han congregado en la arena y Tula y yo las espantamos, como ya lo habíamos hecho antes.

Son ya las 11 de la mañana, pero no tenemos ninguna prisa. Con mucha tranquilidad ponemos rumbo a Tapia de Casariego, al área que localizamos ayer, para descargar y cargar agua y comprar pan lo que hacemos un poco después sin mayores problemas.

Ahora ponemos rumbo a la playa de Porcia donde hemos pensado hacer andando el recorrido hasta el Castro prerromano de Cabo blanco, al parecer, el más importante de Europa.

Dejamos la autocaravana  en una explanada junto a un mesón y una señal que indica la bajada a la playa.

Angel observa que nuestra amiga Tula esta calentita, la ponemos el termómetro y la temperatura sube de 39ºC. Desde que hace un año la diagnosticaron una inmunodeficiencia adquirida, posiblemente por la administracion de alguna vacuna, no tenía ningún episodio febril, pero a Angel se le olvidó darle la medicación ayer. Nos ponemos en contacto con su veterinaria quien nos da instrucciones, y entre ellas, que la dejemos descansar como así lo hacemos.

Preguntamos por la ruta a unos lugareños y nos  dicen que el castro está a media hora dando un bonito paseo por encima de un acantilado, así que nos decidimos a hacerlo.

Descendemos al aparcamiento de la playa por una pronunciada pendiente. Es bonito y agradable y  supongo que se podría pasar una noche allí. Caminamos por una ancha pista  y vamos dejando a nuestra izquierda una playa recogida y cerrada por grandes eucaliptos y a nuestra derecha verdes prados. Llegamos al mirador de la atalaya por una desviación a la izquierda y nos acercamos a disfrutar de unas hermosas vistas.

Tras un poco más de media hora llegamos a lo que nos parece el final, Cabo Blanco, y en este punto la pista se desvía ya hacia el interior. Pero por  más que preguntamos nadie conoce donde está este castro: uno que ha estado de pequeño pero no recuerda donde está, y otros que no saben de qué hablamos.

Nos asomamos a la punta de Cabo Blanco desde donde las vistas son absolutamente espectaculares ya que enormes bloques de roca con gigantescas aristas se internan en un mar de un azul intenso que choca embravecido contra ellas provocando blancos espumarajos que contrastan con el vivo color del mar. Las vistas son  preciosas y aunque no encontremos el castro, solo por contemplar esto merece la pena llegar aquí.

No obstante, no puedo evitar enfadarme y sentirme muy frustrada por no encontrar este castro que al parecer es tan importante. Nos fijamos de nuevo en una especie de foso con unas enormes paredes a ambos lados y Angel baja por allí, pero vuelve diciendo que no hay nada. Así que resignados, iniciamos el regreso y al preguntar a una pareja por fin obtenemos algo de información: eso que hemos visto es lo único que se puede ver del castro y se trata del foso que precedía a la muralla. Parece que las excavaciones no han concluido y se han quedado sin dinero por lo que han decidido taparlo para asegurar su conservación y  preservarlo del posible espoleo.

Decepcionados, iniciamos el regreso que nos resulta algo pesado ya que el paseo se ha alargado quizás en exceso aunque seguimos disfrutando de unas bonitas vistas.  Pero estamos cansados.

Llegamos a la autocaravana a las 13,30h y Tula sigue teniendo fiebre. No nos gusta nada, pero esperamos a ver como evoluciona  a lo largo de la tarde según le haga efecto la medicación. Ponemos rumbo a la playa de Pormenande (43º 33’ 18”N; 6º 49’ 12”). Una señal nos lleva por una estrecha carretera y  nos deja en una pequeña y recogida playa de piedras en el que hay un aparcamiento plano, un quiosco cerrado y una fuente. Decidimos comer dentro ya que fuera corre un airecillo algo fresco y después sesteamos un poco para acercarnos luego a la playa.

Las olas baten cadenciadamente y en su batir, mueven las piedras produciendo un curioso y relajante ruido. Estamos solos y de vez en cuando aparece alguien que pasea y se va. Subimos a una loma que separa una playita más grande de otra pequeña y disfrutamos de unas bonitas vistas mientras que Tula se entretiene detrás de un topillo.

La carreterita por la que hemos bajado asciende y continúa, no sabemos donde, así que pregunto por si acaso es menos estrecha. Nos dicen que lleva a Viavélez, pueblecito que tenemos pensado visitar. Ponemos rumbo a este encantador lugar.


Dejamos la autocaravana en el puerto y a Tula en ella ya que no parece estar bien y nos adentramos por sus estrechas calles descubriendo algunos rincones absolutamente encantadores. Merece la pena perderse por sus calles para disfrutar de un sabor distinto y especial.

De regreso entablamos una breve charla con un comunicativo marinero de Luarca y si no nos hubiéramos despedido, estaríamos todavía charlando. 

Nos dirigimos después a la playa de Arnielles, cerca del faro de Ortiguera  (43º 33’ 33.53” N; 53º 6’ 43.48”N). En un punto determinado la carretera se abre en dos brazos y uno de ellos nos lleva a la playa de Foxa, pero nos dirigimos primero a la Arnielles. Nos encontramos con un aparcamiento sobre un acantilado y una playa con unas espectaculares vistas al cantábrico con un faro al fondo. Estamos solos, pero ya hemos perdido el miedo a esto. ¿Quien va a venir hasta aquí?.

No obstante antes de decidirnos bajamos a la otra playa, pero  aunque está en el mismo borde del mar  no nos gusta, así que ascendemos de nuevo y nos quedamos mirando al mar....

Tula no se encuentra bien y el termómetro marca casi 40ºC. Decidimos ponernos en contacto con las urgencias de nuestro veterinario y nos dice que con dos  grados más puede convulsionar y que intentemos bajarla la fiebre duchándola con agua fría. Así lo hacemos. La pobre...se deja hacer sin decir nada, ni oponer resistencia alguna.

Cenamos, casi sin ganas, preocupados por su estado. A las 22,15h volvemos a tomarla la temperatura que es de un poco más de 39ºC. Según  la veterinaria solo si hubiera subido deberíamos acudir a un veterinario. No obstante, decidimos ponernos en contacto de nuevo con  el centro veterinario de urgencias de Madrid para contarle que alguna vez anterior le habíamos administrado Nolotil para bajarla la fiebre y que había sido efectivo. Así que, dado que tenía cápsulas y siguiendo sus indicaciones en cuanto a la dosis adecuada, se la damos y consigue pasar toda la noche. Me  despierto  a las 3 y aprovecho para comprobar que descansa y que su temperatura –al tacto- había bajado así que, al igual que a los niños, prefiero dejarla sin molestarla para ponerla el termómetro.. A las 7,30 la temperatura era de 37º C. Estupendo.

Domingo 13 de abril. (Castro de Coaña, San Esteban de los Buitres, Argul)

Esperamos un poco para llamar a la veterinaria después de desayunar confirmando lo que yo me temía, que por la tarde podía subirle la temperatura, igual que a los humanos. Pero ahora estaba bien así que decidimos comenzar a disfrutar del día que hoy  se presenta con una neblina que le restaba brillantez al sol.

Bajamos a la playa y paseamos por ella....recogiendo...más piedras. Luego nos dirigimos al faro, al area  de autocaravanas donde cargamos y descargamos agua manteniendo una  breve conversación con una pareja alemana que estaba sorprendida por la belleza de los sitios que visitaban, la amabilidad de sus habitantes y por las cuadrillas de gente con chalecos reflectantes que encontraban por todos los sitios limpiando aquí y allá hasta que les aclaré que serían trabajos temporales de acondicionamiento relacionados con la cercanía de las vacaciones de Semana Santa. Nos preguntaron por la tasa de paro y se quedaron espantados, como ya lo estamos nosotros sobre todo con la de paro juvenil. Después de algún que otro comentario más, nos despedimos. Me sorprendió saber que eran de Hamburgo y que no estaban jubilados y que para tan solo unos días se habían desplazado hasta aquí.  

Nos acercamos al faro desde el que se disfrutamos, como desde casi todos, de unas espectaculares vistas al mar Cantábrico. La campana que utilizaban en la niebla, herrumbrosa ahora, permanece junto al faro que vimos funcionar la noche anterior.

Ahora, ponemos rumbo a lo que sería nuestro primer destino de hoy: el castro de Coaña, pero antes nos detuvimos para asomarnos al castro de Moios, a 100 metros de la carretera y muy bien indicado. Pequeño, coqueto y tranquilo, tiene fácil aparcamiento y resulta muy cómodo de visitar.
Nos dirigimos después  al castro de Coaña, dicen que el mejor conservado de España (43º 30’ 30.42”N; 6º 44’ 55.23”O).  Después de esta localidad, se puede ver el castro asomado a una loma y ya impresiona. Una estrecha (como no) carretera desemboca en un espacioso y llano aparcamiento junto a un pequeño centro que funciona como museo también.

Una senda nos deja en este mítico lugar. Accedemos dejando a nuestra derecha lo que debió ser una torre. Multitud de viviendas con su característica forma redonda se suceden unas a otras conformando una ciudad por la que se puede pasear. 

En el interior de algunas hay unas piedras horadadas que eran los molinos. Su estado de conservación es excelente y es fácil imaginar como debió de ser este castro en su época. Está muy cuidado,  exceptuando una familia estamos prácticamente solos lo que hace que la visita sea aun más deliciosa. Subimos, bajamos, y paseamos por las calles, entre sus casas. Es un sitio encantador y bien merece la pena desviarse para dedicarle unos minutos.


Desde aquí ponemos rumbo al Sur y hacia el interior, al Valle de Navia. Nuestro segundo destino: Pendia y su castro.  (43º 25’ 56”N; 6º 45’ 45”O). Una señal lo indica en la carretera y de nuevo, las estrecheces....Descendemos siempre rogando que no venga ningún vehículo de frente hasta que llegamos a las coordenadas prefijadas y que corresponden a un bonito aparcamiento, pero no vemos indicación alguna hacia el castro, así que antes de aventurarnos más por no sabemos dónde, dejamos la autocaravana y descendemos por la carreterita hasta una casa que parece habitada.

El sitio es precioso, rodeado de montañas donde la primavera ha estallado. El verde lo rodea todo y las flores de los frutales se pintan de colores por aquí y por allá. Preguntamos por el castro y nos señala una loma al final del descenso de la carretera. Entonces recuerdo haber leído que el aparcamiento distaba 1.700 m del castro y aunque nos dice donde podemos dejar aparcada la autocaravana, decidimos dejarlo. No nos apetece bajar con estas estrecheces y luego ascender y descender la loma hacia el castro.  Difícil será que éste sea mejor que el que hemos visitado. Así que regresamos y ponemos rumbo a  Illano, al área recreativa de Folgeirou (43º 20’35”N; 6º 51’ 5”O).

Dejamos atrás el curioso pueblo de Boal salpicado de casonas de arquitectura indiana, alguna de ellas muy hermosas, aunque a mi gusto, llamativas, para circular por una serpenteante y retorcida carretera que discurre ascendiendo y descendiendo verdes montañas cuajadas de vegetación. Pasamos un embalse y seguimos por  esta retorcida carretera, pero con ancho suficiente y de buen  firme.

Alrededor de las 14h llegamos al área recreativa y  una señal indica un área para autocaravanas, en el mismo aparcamiento. Pero la indicación nos introduce por una pista forestal por lo que yo no estoy muy decidida. Siempre nos metemos en algún problema y si no es necesario... pero Angel me anima hasta que descubrimos un lugar absolutamente idílico: es un balcón colgado sobre un hermoso valle, tapizado de verde y salpicado por margaritas aquí y allá con unas espectaculares vistas. El sitio es de los mas bonitos que hemos visto...y ¡estamos solos!. Completamente solos, así que decidimos instalarnos para comer y la temperatura y el abrigo de la autocaravana, nos permite disfrutar de nuestros manjares fuera, donde el sol nos envuelve y calienta mientras que Tula se entretiene corriendo detrás de todos los saltamontes que encuentra.

¡Qué sitio mas delicioso!, tanto que pensamos en dormir aquí por la noche. Pero ya veremos. Después de comer me instalo en mi silla de playa, prácticamente tumbada frente al sol. Cierro los ojos y solo oigo los trinos de los diferentes pajarillos que andan por aquí. La paz es absoluta y el entorno....único. El sol me acaricia levemente. Pero siento que me pierdo algo, así que me incorporo y contemplo mi alrededor: de derecha a izquierda, unos cercanos pinos que dan sombra a un pequeño trozo de la explanada, luego las vistas se abren hacia las cimas de las montañas alternándose unas y otras, de nuevo otro pequeño grupo de pinos…Mi vista se derrama disfrutando con lo que tengo frente a mi. Es…espectacular.  

 Sesteamos un poco y después ponemos rumbo a San Esteban de los Buitres, del que había leído que era un pueblo semi-abandonado muy bonito.

Lo encontramos en la misma carretera colgado, como no,  de la ladera de un hermoso valle, pero sin ningún sitio para aparcar, así que unos  metros más adelante dejamos la autocaravana en la cuneta de la carretera y nos acercamos andando.



Pronto nos atrapa la magia del lugar. El tiempo parece haberse detenido. Las casas de piedra dorada que forman sólidos muros, están tapadas por tejas de negra pizarra. Una vivienda sucede a otra, la mayoría  parecen abandonadas, pero su aspecto es igual que cuando las construyeron. No han sido reformadas, ni restauradas. Saben a “auténtico”.  A alguien incluso le podrían parecer algo cutres, pero a mi me gusta. Mucho. 

Estos lugares tienen un atractivo especial por su  autenticidad, pero también me ponen los pelos como escarpias por la dureza que a la vez esconden. Son sitios para visitar, para contemplar y disfrutar, pero también soy capaz de sentir, a parte de su belleza, su dureza, tanta,  que pese a estar en la misma carretera, tan solo hay cuatro casas habitadas, una de ellas con una sola persona.

Sus calles huelen a cuadra y sortear boñigas se hace necesario...pero a mi...me encanta. Tienen una magia que me atrapa y que me absorbe, que me traslada, que me entusiasma y que me hace no solo verlo con mis ojos, sino con mi corazón...

Después pusimos rumbo a lo que también había leído que era otro lugar especial: Argul.

De nuevo, curva tras curva, carretera que discurre entre bosques, que serpentea por las laderas de verdes valles, hasta que en la misma carretera aparece una  señal que indica 4 kilómetros hasta nuestro destino. Y de nuevo por una estrecha carretera por la que no caben dos coches y que en algunos lugares (escasos) aparece levantada por los rigores del pasado invierno o de otros, quien sabe.

Pero sin mayores dificultades llegamos. Aunque cuando dejamos este lugar  pudimos ver lo que parecía  un aparcamiento a la izquierda de la carretera a pocos metros antes del pueblo, (de entrada complicada), cuando llegamos no lo vimos así que fuimos hasta el final donde  comprobamos que no teníamos donde aparcar hasta que pregunté a un lugareño que me dio permiso para dejar la autocaravana a la puerta de su garaje.


Iniciamos nuestro paseo por otro hechizante lugar. Aquí la característica principal son los voladizos de las casas. Otro lugar encantador, de pizarra dorada, de sólidos muros, de balcones de madera y de curiosos voladizos que pasan de un sitio a otro retando las Leyes de la Gravedad. Rincones escondidos, mágicos,… Paseamos por sus calles descubriendo unos y otros, sorprendiéndonos por su belleza, por su autenticidad, por su paz, por su serenidad, ...y de nuevo también nos acompaña  en algunos de sus rincones el olor a cuadras. Muchas, muchas viviendas abandonas y todo, tal cual lo construyeron. Destaca especialmente y a la salida casi del pueblo, un  túnel  o voladizo que leo después que tiene 20 m de largo. También aquí hay una pequeña ermita, al igual que en San Esteban, muy encantadora.

Y ahora ya damos por terminada nuestra pequeña incursión por el interior de esta mágica tierra. Nos hemos introducido unos 60 km desde la costa, nos ha acompañado un magnífico tiempo y un sol precioso pero....tenemos que regresar por una carretera que es una “ese” auténtica y nos apetece más dormir junto al mar. Somos de tierra adentro y tenemos pocas oportunidades de disfrutarlo, así que decidimos dejar atrás el área de Folgueirou en Illano   y  continuar. Si bien circulamos solos, cosa que nos sorprende para ser domingo (no se si estarán todos esperando al miércoles y jueves santo para salir), la carretera se hace muy muy pesada ya que es una curva tras otra .

Regresamos al mismo sitio de ayer.....De nuevo solos. Delicioso. De frente, el Cantábrico, a nuestra izquierda el faro de Ortiguera y a la derecha costa y más mar. La tranquilidad solo es rota por el ruido del viento que sopla fuerte. La luz del faro rompe la oscuridad de la noche.


Lunes, 14 de abril.(Frejulfe, Barayo, Faro de Bustos) 

Amanece nublado y el viento sopla fuerte. Desayunamos y Angel quiere bajar a la playa, pero yo no estoy animada. El tiempo no invita mucho, ya la conozco y tiene una buena subida. Prefiero dedicar ese tiempo y energías a conocer otras. Así que le convenzo y ponemos rumbo a la primera playa de hoy la de Frejulfe (43º33’ 29.17”N; 6º 40’ 32.30”O). Tiene un bonito aparcamiento, la parte de abajo más inclinada pero la superior plana.

Entre los troncos de los árboles y las copas de los pinos descubrimos una hermosa playa de arenas grises rematada a ambos lados por rocas y donde las olas se extienden interminablemente formando blancos espumarajos hasta morir, ancha y terminada en verde vegetación. Es tan hermosa que casi se me saltan de lágrimas de emoción. Belleza aumentada porque estamos en completa y absoluta soledad.

Accedemos a ella y un sentimiento de cierta vergüenza me alcanza cuando decido poner mis pies sobre la arena virgen dejando marcadas mis huellas. Es ….como si violara algo sagrado.

Nos dirigimos al extremo derecho de ella y para ello tenemos que salvar, como en todas, la pequeña desembocadura de un arroyo. Creo que lo puedo conseguir sin descalzarme así que convenzo a Angel e iniciamos la travesía, saltando, pero en un momento determinado una rápida  bocanada de agua  desciende y nos moja los pies. Lejos de molestarme, me produce hilaridad.

Así que me quito una playera, el calcetín, y luego la otra y el otro calcetín. ¡Qué gusto! realmente es la pereza la que me impide hacerlo, la pereza para limpiarme luego la arena, pero reconozco que es uno de mis mayores placeres,  y así, sintiendo el agua fría en mis pies, y la arena haciéndome cosquillas y envolviéndolos mientras que se hunden suavemente, recorremos esta idílica playa de lado a lado, acompañados por un delicioso sol y por el sempiterno ruido de las olas al romper.

En un momento determinado Angel me llama la atención sobre unas “rizaduras” que hace el agua y pretendo fotografiarlas, pero....nos sorprende una ola juguetona y traviesa. Tula corre pero se moja hasta la barriga y a nosotros los pantalones hasta la rodilla. Me vuelvo a reir pero es Angel el más consciente de que un poco más y nos hubiera mojado la cámara de fotos y el teléfono móvil. Como no había ocurrido así, olvido rápidamente el incidente y continuamos con nuestro delicioso y solitario paseo por un lugar de ensueño. No quiero que nada altere la serenidad que siento en esos momentos.



Cuando me consideré satisfecha y “archivé” no sólo las imágenes de la belleza de esta playa si no las emociones que envolvieron nuestro paseo,  decidimos poner rumbo a la playa de Barayo, también declarada monumento natural, al igual que ésta. ( 43º 33’ 34”N; 6º 37’ 18”O).

La localizamos siguiendo estas coordenadas sin mayores problemas. De nuevo un bonito y tranquilo aparcamiento. Éste un poco más inclinado que el anterior, pero en la parte superior parece más plano. Pero decidimos estar un poco inclinados para no  perdernos las magníficas vistas que se abrían ante nosotros, por el parabrisas de la autocaravana.  A nuestros pies  una inmensa playa, cerrada por rocas, de arena gris y en el otro extremo vegetación. La desembocadura de un río hace de este lugar un sitio de especial protección de aves.

Las vistas son distintas a la de Frejulfe. Aquí la contemplamos desde mayor altura. Nos disponemos a descender para lo que paseamos por una vereda con vegetación a ambos lados. Algunos pinos se yerguen y entre ellos seguimos viendo esta hermosa playa a nuestra derecha. Llegamos a un punto desde donde comienza un pronunciado descenso que se realiza por escaleras. Allí encontramos un lugareño que nos dice que el temporal se ha llevado casi veinte metros  de playa, que los más viejos del lugar no habían visto nada parecido y que había descubierto otra cueva en un extremo de la playa que teníamos justo enfrente.

Nos despedimos de él e iniciamos el descenso para alcanzar rápidamente la playa. De nuevo, la desembocadura de un arroyo. Esta vez no queríamos sorpresas, así que directamente nos descalzamos. Un grupo de gaviotas posadas sobre la arena comienzan a graznar avisando de nuestra presencia. No puedo resistir la tentación de hacer la travesura y corro hacia ellas para espantarlas. Luego dejamos una vez más que la suave arena acariciara nuestros pies mientras que  suavemente se van hundiendo.

Al final de la playa encontramos la entrada a una cueva y nos colamos por ella. Descubrimos un mágico interior. La cavidad es grande y la luz penetra en ella a través de otra entrada dando lugar a un juego de luces y sombras  que junto con el techo, que  se estira hacia abajo como queriendo tocar la arena, contribuyen a dotarla de una belleza especial, atrayente, única…

 Después de disfrutar de ella  buscamos un lugar cálido, seco, y protegido del viento donde poder absorber toda esta belleza con tranquilidad. Rendida a ella cierro los ojos y me dejo llevar por el sonido de las olas rompiendo, por  la caricia de sol en mi piel, por las ráfagas de viento que de vez en cuando nos rozan...Angel también se rinde y se tumba. Yo  busco su cuerpo para apoyar mi cabeza en él. Tula busca nuestra compañía, nuestro calor, nuestra proximidad y nuestras caricias, por lo que se tumba junto a los dos. Y allí permanecemos los tres, en silencio, sin movernos, atrapados por este lugar tan especial, por su sobrecogedora belleza, por su serenidad....

Perdí la noción del tiempo. No sé cuanto tiempo estuvimos allí. Ni me importaba. No teníamos prisa, ninguna y mucho menos cuando se encuentra un lugar como éste. No me canso de la belleza, ni consigo saturarme....mas bien al contrario...quiero más.

Pero nuestro estómago nos avisa de que le falta algo, así que cerca de las 13,30h decidimos iniciar el regreso lo que hacemos plácidamente, esta vez alejados del agua, pisando arenas mas calientes.

Iniciamos el trabajoso ascenso, que aunque breve, es intenso, pero terminamos enseguida. Arriba sigo haciendo fotografías, con la cámara y con mi memoria, para dejarlas allí, bien archivadas y alimentarme de ellas....

Casi nueve meses después, cuando escribo el relato, las tengo tan vivas como entonces.

Oigo que Angel me llama y me dice que acuda rápido, pero cuando llego ya no veo lo que pretendía enseñarme: una víbora. Me dice que está completamente seguro, no obstante pregunta a un vecino que lee el periódico en un banco mirando esta deliciosa playa y le confirma que hay muchas por el lugar.

A pesar de estar algo inclinados, nos quedamos a comer disfrutando a cambio de unas  espectaculares vistas…y de soledad. Restaurante con vistas inmejorables.

Después decidimos descansar un poco y retomamos de nuevo nuestro rumbo hacia el Este, a Llanes. Pero el pueblo no nos resulta atractivo, el aparcamiento está lejos y no había leído nada especial sobre él, que no dudo que no lo tenga y  que me disculpen los nativos del lugar, así que continuamos camino en busca de un lugar agradable y bonito donde pasar la noche y nos abastecemos  en un Alimerka. Tenía las coordenadas de una playa, la de Cueva. Cuando llegamos vemos desde la carretera que es realmente hermosa, pero una señal limitando el ancho de vehículos y otra con una prohibición de autocaravanas nos deja con las ganas.

Es la primera que encontramos así que pensamos que debe estar motivada y continuamos buscando un lugar. Seguimos una carretera que nos marca  el navegador y que parece terminar cerca del mar y descubrimos que nos lleva al faro de Bustos.

Atravesamos la localidad siguiendo ahora las indicaciones para autocaravanas y un poco antes de llegar al faro descubrimos un pequeño aparcamiento sobre un acantilado con unas vistas espectaculares. Me bajé a mirar y  pregunté a una pareja que paseaba. Y nos proporcionaron mucha información como por dónde bajar a la pequeña playa pedregosa que se veía abajo,  que para pasar la noche era mejor sitio éste que junto al faro ya que estaríamos al abrigo de los vientos añadiendo que además podríamos dar bonitos y cómodos paseos como uno hacia un humedal con “hite” para observación de aves. También saciaron mi curiosidad sobre el motivo por el que las autocaravanas no podían bajar a la playa de la Cueva. Al parecer tiene curvas muy cerradas y alguna se ha quedado atrapada allí y en cuanto a las limitaciones para circular por el pueblo de Bustos al parecer se deben a que hay una zona especialmente estrecha por la que no suelen caber las autocaravanas.

Así, continuamos hasta el faro, habitado, contemplamos sus espectaculares vistas y regresamos. Aquí nos encontramos ahora, después de haber disfrutado de una relajante ducha, e intentando contemplar una puesta de sol que no vamos a poder ver ya que las nubes han cubierto el horizonte. Son casi las 21 horas y todavía hay mucha claridad. El viento suena fuera y no invita a salir, pero voy a hacerlo.

La noche cae y nos envuelve. Me siento en un pequeño banco en el mirador, protegido del viento. Hay un color especial, tonos grisáceos iluminados por un sol escondido pero que parece pugnar por salir y al no conseguirlo, ilumina con una extraña luz. Me acerco a buscar a Angel para que comparta conmigo estos momentos. Nos sentamos juntos y contemplamos  un paisaje plateado donde la escarpada costa resalta sus formas en tonos negruzcos y al fondo lo que parece el faro de Ortiguera, donde habíamos pasado la noche anterior. Una vez más, silencio total, paz. Y se va oscureciendo más, lentamente....

Regresamos para cenar. Cuando nos vamos a acostar Angel detecta un extraño ruido que identificamos como el croar de cientos de ranas de una lagunilla que está a unos 300 metros de donde estamos nosotros. Es ensordecedor....

Martes, 14 de abril (Playa del Silencio, Cudillero, playa de la Concha de Artedo)

Me he despertado a las 5 y no se oía nada. Las ranas habían enmudecido. La verdad es que no me he enterado de nada.

Amanece nublado, bueno, realmente es niebla que cubre todo el mar y no deja ver nada. Nos acercamos al faro a echar agua en una fuente que hay en el aparcamiento. Conseguimos llenar algo el depósito, 1/3 para salir del apuro, porque lento...es muy lento. Después nos acercamos a la laguna, pero no vemos ningún plumífero así que ponemos rumbo a Cudillero con una parada prevista en la playa del silencio, recomendada por la pareja con la que charlamos ayer.

Tomamos la N632 aunque el navegador se empeña en enviarnos una y otra vez a la autovía. En Castañera vemos una señal que indica la playa. La carretera es...como no, estrecha y desciende en algún tramo muy pronunciadamente. Y no puedo evitar pensar en la vuelta.

Llegamos a un lugar donde vemos ya tres vehículos aparcados. Calculamos que habría cabida para unos tres o cuatro más. Preguntamos a  dos pescadores por la playa y nos dicen que tenemos que dejar allí la autocaravana y descender andando, que el camino esta mal.

Lo primero que hago es dar la vuelta a la autocaravana. Ahora es posible, pero si siguen viniendo turismos no conseguiría hacerlo. Así se lo hago saber a esta pareja que mira como sudo haciendo maniobras en un espacio más que justo. Pero cuando termino…me quedo frente a una señal de dirección prohibida. Me quedo perpleja. Parece una broma, así que Angel vuelve a preguntar a esta pareja que nos dice que se sale siguiendo la misma carretera, pero que si no viene ningún coche, no pasa nada por regresar por donde hemos venido. ¡Serán capullos!!! Me cojo tal “globo” que me resulta difícil, por no decir imposible, concentrarme pensando en la maniobra, en los movimientos que debo hacer para volver a dar la vuelta...y a Angel le pasa lo mismo. Pero lo conseguimos.

Ahora ya nos dirigimos a la playa y...¡oh maravilla!! es otra belleza. A nuestros pies se abre una escarpada costa y una playa  de piedras cerrada y protegida por unas enormes y amenazadoras agujas que a nuestra izquierda sobresalen del agua.

La niebla está levantando, pero no deja ver con nitidez los contornos ni el horizonte. Primero un camino ancho y luego escalones, nos descienden a este hermoso lugar. Aquí las olas baten tranquilas, serenas y casi no hay ruido. Bien puesto el nombre de playa del silencio.  La recorremos recogiendo, como no, piedras y luego nos sentamos a disfrutar de estas maravillosas vistas y de la paz de este rincón, acariciados por los tímidos rayos de sol que se escapan entre los restos de la niebla que se resiste a marchar. Yo me tumbo y cierro los ojos. Escucho solo. Aunque hay paz, hay más gente paseando por lo que no me resulta tan especial como la de Barayo. Me he vuelto muy exigente, demasiado, porque quejarme porque hay media docena de personas...

Regresamos ascendiendo por las escaleras y luego continuamos esta estrecha carretera que nos devuelve a Castañeda en un santiamén para continuar hasta Cudillero haciendo antes una breve parada en Cabo Vidio para disfrutar de sus espectaculares vistas. Llegamos a Cudillero alrededor de las 14 horas. En un principio las señales nos confunden ya que aparece una prohibición de circulación para autocaravanas y justo abajo una dirección obligatoria a la izquierda. No sé si me quieren decir que no puedo continuar y que debo entrar a mi izquierda o que a la izquierda está prohibido para autocaravanas, pero preguntamos y nos lo aclaran. Tenemos que dejar la autocaravana en un gran aparcamiento junto al puerto para dirigirnos andando a esta localidad.

Yo he decidido que por la hora, vamos a comer en alguno de sus restaurantes, así que dejamos a nuestra amiga peluda y caminamos, yo impulsada por el hambre porque pasa ya media hora de las dos.

Cudillero esta colgado de la ladera de la montaña  mirando al mar. El sol ilumina sus coloreadas casas. Es un lugar bonito, armonioso y alegre. En la plaza, la zona mas abierta de este pueblo, se agrupan numerosos restaurantes que por el mismo precio prácticamente todos ofrecen sus menús a los turistas, también todos similares, así que después de dar una vuelta breve elegimos uno de ellos y como decía mi abuela “mate a quien me mataba”. El pescado y el marisco, exquisitos.

Después nos perdimos por alguna de sus calles y callejuelas y casualmente nos encontramos en el callejón de “salsipuedes”....del que sí salimos. Cudillero tiene curiosos y bonitos rincones. Supongo que podríamos haber dedicado más tiempo y habríamos  encontrado más de los que vimos, pero  nos conformamos con una pequeña vuelta para captar algo la esencia del lugar, y creo que lo conseguimos, aunque siempre, siempre hay más.

De regreso a la autocaravana nos sumamos a los numerosos curiosos que contemplaban como un barco recién llegado al puerto limpiaba las rayas que había pescado y como otro cargaba metros y metros de redes. Parecía no tener fin.

Ahora ya solo nos quedaba buscar una playa agradable donde pasar nuestra última noche por tierras asturianas, donde, y todo hay que decirlo y más si se hace justicia, nos hemos sentido muy bien tratados, mas aún si cabe, mimados. Hemos estado cuatro  o cinco días recorriendo sus carreteras, desde Vegadeo hasta Cudillero, nos hemos adentrado 60 km por el interior hasta Argul por el Valle de Navia, hemos dormido en lugares idílicos y tranquilos y hemos descubierto otros posibles más...y en ningún sitio, en ninguno, hemos encontrado prohibición alguna para nosotros. Todo lo contrario: áreas estupendas, en lugares preciosos, limpias y bien acondicionadas. Gentes amables  y encantadoras....Y ahora, cuando escribo este relato pienso si es bueno darlo a conocer tanto, porque esto supone que venga mas gente y cuantos más, más de todo tipo y por tanto, gente que no será respetuosa. Pero he de ser justa. Yo tampoco hubiera encontrado muchos lugares si antes otros no hubieran hablado de ellos y no me hubieran facilitado las coordenadas en sus relatos. Así que, justo es lo justo.

Solo añadir que  los kilómetros recorridos han sido absolutamente deliciosos y deseamos que este “paraíso natural” donde hasta ahora somos bien recibidos, siga siendo esto, un paraíso  bello y entrañable y como creo que la capacidad para percibir la belleza está dentro de cada uno, aquellos que no sepan apreciarla no la encontrarán y permanecerán más o menos alejados de estos rincones.

Y que me perdonen los gaditanos, pero encontrar un sitio donde pernoctar por aquellas tierras era a veces misión imposible, casi una pesadilla, con prohibiciones hasta para parar y aparcar. Todo lo contrario a lo que sucede por tierras asturianas.

Pero retomo el relato. De Cudillero seguimos hacia el Este intentando encontrar playas, pero la carretera se internaba demasiado así que un punto determinado decidimos dar la vuelta y mirar en el Google Earth lo que teníamos más cerca. Decidimos dirigirnos a Fuxo, pero de camino encontramos la playa de la Concha de Artedo y nos acercamos a verla. Amplio aparcamiento y agradable, con dos “peros”: no estaba al lado de la playa, y el viaducto de la autovía estaba al lado, así que decidimos mirar en Fuxo. Tuvimos que desistir al encontrarnos con una señal de circulación prohibida para autocaravanas. Estábamos ya cansados, aunque era pronto.

Y es que respeto a los que salen de viaje a la aventura, sin apenas preparar itinerarios, pero a mi, siempre que dejo a la improvisación gran parte del viaje, (¡ojo! que digo “gran parte”) me sale mal, y pululo y deambulo perdiendo mucho tiempo y esta sensación de pérdida de tiempo, de dar vueltas, me cansa mucho. Así que persisto en mi método de  seguir preparando cuidadosamente los viajes y los itinerarios, extrayendo información fundamental, aunque siempre dejo un espacio  para la improvisación, la sorpresa, que también tiene su encanto y es más, es necesaria, pero teniendo el “grueso” del itinerario trazado.

Y aquí estamos, en la playa de la Concha de Artedo, donde hemos regresado. Nos hemos acercado a la playa, que no es muy bonita, pero claro, después de las que hemos visto cualquiera que sea normal me parece una vulgaridad. Es recogida, de pedruscos y sin nada que destacar excepto por el paseo que se da para llegar a ella, a través de  unas pasarelas de madera que discurren entre una hermosa y exuberante vegetación por un bosque umbrío  y paralelos a un riachuelo de aguas transparentes. Delicioso.

Y el aparcamiento está junto a este bosquecillo.  Viene la guardia civil y nos tememos lo peor, pero entra, da una vuelta y se va. Estupendo y es que comprobamos que una esquina de éste, la que parece estar un poco más oculta, debe ser un lugar de botellón, por la basura que vemos acumulada. Al anochecer llega una autocaravana pero decide ponerse justo al otro extremo. Mejor. Con los años hemos desarrollado un mayor gusto por ser algo “solitarios” desconfiando de si el vecino será o no respetuoso con el entorno y con nosotros.

No hemos querido seguir avanzando ya que, a parte de no tener ya preparado nada, mañana tenemos que estar a las 11 h en San Román de Candamo para visitar a las 12 sus cuevas y aunque tenemos tiempo suficiente, tampoco deseamos ni  pulular ni alejarnos tan pronto del mar. 

Y el año que viene, si el tiempo nos deja, continuaremos nuestro recorrido por las costa cantábrica comenzado en Cudillero para seguir rumbo al Este, como llevamos ya haciendo varios años en que comenzamos por la Rias Bajas..

Mañana tras la visita a las cuevas, comenzaremos a regresar tranquilamente. Yo querría dormir en León, aunque Angel desea hacerlo ya en casa. Como podemos, preferimos perder los días de fiesta y estar escondidos en casa, que soportar  las avalanchas de gente que sale en busca de sus vacaciones y que se mueven como posesos por todos los sitios llenando restaurantes, comercios, hoteles, carreteras.....y áreas....

Miércoles, 16 de abril (Cueva de Candamo. Leon)

Mañana brumosa, pero esta neblina que cubre el bosque regala cierta magia. Y me acuerdo de las Xanas, las hadas asturianas. Aquí, junto al mar y a un riachuelo, podrían aparecer en cualquier momento….El paisaje y la neblina se brinda a ello.

Después de desayunar y antes de partir decidimos despedirnos de nuestro mar y nos acercamos a la playa. Hoy está la marea más baja y se aprecia más. Regresamos mientras la niebla va levantando para poner rumbo a San Roman de Candamo, a sus cuevas.

Con mucha tranquilidad ponemos rumbo al Sur y…con dos navegadores nos pierden hasta que recuperamos el camino. Nos internamos por el verde valle del curso del río Nalón hasta Pravia. Es pronto y vemos anunciada una iglesia monumento y la buscamos, pero cuando llegamos, que está lejos, no nos parece una cosa del otro mundo, además de no poderse visitar por dentro, así que la rodeamos y decidimos acercarnos ya a nuestro último destino de estas mini vacaciones. Es en Pravia cuando encontramos el primer cartel que indica estas cuevas, que son Patrimonio de la Humanidad. Como casi siempre en nuestro país, falta una labor de “marketing”.

Llegamos a Candamo cinco minutos antes de las 11, al Centro de interpretación, y nos quedamos frente a una señal que nos indica la subida a la Cueva de la Peña. Angel pregunta en el Centro  si debemos quedarnos allí o subir. Nos dicen que hemos de quedarnos. Aparcamos y nos sumamos a otra pareja que espera. Tan solo cinco minutos después se une una familia de tres personas y comienza una breve e interesante visita al Centro que contiene una reproducción de lo que vamos a ver en la cueva.

Nuestra guía, con un entusiasmo casi adolescente pese a que tiene sus añitos y que consigue contagiarnos, nos explica su historia, cómo y porqué estuvieron cerradas durante años y nos va descubriendo las distintas figuras que vamos a ver en el panel original de la cueva. Allí no las veremos  tan claras, aunque se guarda algunas para no perdamos nuestra capacidad de sorpresa. Terminamos en la figura central representativa de esta cueva: el caballo, aunque ella nos dice que su situación es absolutamente especial y que cuando la veamos lo comprenderemos. Responde amablemente a todas nuestras preguntas y se suma a la observación que siempre hago sobre la gratuidad de la visita. Igualmente comento que no comprendo porque no se pueden hacer fotos en el Centro de interpretación, pero dice que es una norma.

Quince minutos antes de las 11 nos da instrucciones para subir a la cueva y el pequeño grupo se divide en sus distintos vehículos. Arriba nos espera otra guía, también amable y entusiasta. La cueva carece de iluminación artificial por lo que ayudados por sus linternas y otra que cede a uno de nosotros, nos introducimos en este mágico lugar y cada paso nos retrocede unos cuantos miles de años. Hay mucha humedad y tenemos que tener mucho cuidado en donde ponemos nuestros pies. 

Geológicamente la cueva de por sí es una belleza con estalactitas y estalagmitas, coladas, y otras formaciones calcáreas. Hemos llegado a una enorme cavidad y avanzamos despacio hasta pararnos frente a un muro en el que ella nos va mostrando con su linterna los contornos gravados y pintados de los animales representados y que en el centro habíamos distinguido con facilidad, aunque aquí ya no es tan facil. Es ….espectacular….vamos siguiendo su linterna y las “sombras chinescas” que hace para mostrarlos. Descubrimos alguno nuevo, así como los encontrados en julio del 2013, justo detrás de nosotros.

Nos movemos un poco para orientarnos en la contemplación de lo que es el símbolo de esta cueva: seguimos la luz de la linterna que asciende hace detenerse  varios metros sobre nuestras cabezas señalando una figura de contornos bien definidos: es un caballo.  Dicho así, parece demasiado simple, pero su situación y marco no solo la hacen perfectamente visible sino que parecen  dotarla de una simbología casi mágica haciéndola  más hermosa y compleja  y me cuesta trabajo describir la belleza de lo que contemplan nuestros ojos, porque si en muchos sitios es una realidad que hay que estar dentro, aquí esa realidad es aun mayor. Hay que verlo desde donde estamos para captar o al menos intentar captar su esencia, porque esa misma figura, sacada de este entorno mágico, carecería de belleza y de sentido. Estoy segura que no deja indiferente a nadie.

Después de esto nuestra guia apaga su linterna y nos quedamos sumidos en la completa y absoluta oscuridad escuchando, paradójicamente,  el silencio más profundo. Es la tercera vez que lo hacemos ya en la profundidad de una cueva. La primera, en Castañar de Ibor, me sobrecogió. Ahora soy capaz de recordarlo y reconfortarme en él. Esta vez, echo de menos que dure más.

La salida resulta más fácil que la entrada y pronto nos encontramos en la claridad del día para ya, poner rumbo al Sur, aunque pasamos antes por el centro de interpretación a coger documentación para el año que viene, o siguientes.

La lluvia hizo acto de presencia mientras comíamos en una area en el puerto. Después de descansar brevemente decidimos pasar la noche en Leon. Si fuéramos directamente a Madrid llegaríamos quizás demasiado tarde así que pusimos proa al area de servicios de esta capital a la que llegamos a las 17,30 y pese a ser pronto, había casi una línea del aparcamiento ocupado. A la mañana siguiente pude contar cerca de medio centenar.

Y de la tarde poco más que destacar, excepto un bonito paseo hacia la catedral que visitamos en poco más de media hora por lo que me centré en lo que deseaba: la magia de su luz filtrándose por los miles de cristales de colores de sus vidrieras. Es….magnífica. Adoro el románico, su sobriedad, la solidez de sus construcciones, su sencillez…pero la luz y la magnificencia del gótico es espectacular en edificios como éste y tengo que rendirme a su belleza.

Tras visitar la catedral y el claustro, regresamos por lo que parecía ser la calle principal de Leon, llena de gente que transitaba por ella. En nuestro regreso nos cruzamos con lo que debían ser cofrades convenientemente “vestidos” que acudían para prepararse para sus procesiones, pero tan solo 15 minutos escasos después de llegar a la autocaravana, pasadas las 20 h, comenzó a llover, lluvia densa y persistente, por lo que imaginamos que muchas procesiones no podrían salir. Nosotros disfrutamos de una buena ducha y un delicioso descanso para culminar al día siguiente  hacia las 12,30 horas, nuestra pequeña escapada a estas hospitalarias y entrañables tierras asturianas, donde las Xanas….consiguieron atraparme de nuevo y donde espero regresar al año que viene si los dioses son propicios.


Indice general de relatos

Mª Angeles del Valle BlázquezBoadilla del Monte, Enero de 2015